Trágicamente ayer pasó lo que tenía que pasar. Meterme en un boda es como llevarse a un ex-ludópata a la Vegas con un millón de euros en el bolsillo. Ver venir esas bandejas con canapés, langostinos, calamares... ¡qué suplicio! En mi interior se forjó una lucha titánica y aunque mi yo bondadoso se esforzó sobremanera y digno oponente, mi yo malvado se llevó el gato al agua.

Los 150 gr. de carne/pescado/marisco se convirtieron en medio plato de langostinos, solomillo y medio de ternera, y varias lonchas de jamón serrano. Los 0 gr. de pan/patatas se convirtieron en unas cuantas paladas de ensalada de verano de patata y tres o cuatro minichapatitas que acompañaban al jamón orgullosamente untada en tomate, aceite y sal. Y por supuesto el pastel ¿quién puede ser tan descortés de acudir a una boda y no probar el pastel nupcial.

Por otra parte, y sin que sirva de excusa, procuré redimirme de mis pecados practicando el noble arte de sudar. Lo tradicional es que después del tiberio venga el bailoteo, y así fue. Pero si el restaurante está ubicado en un club deportivo y tienes una niña de casi 3 años y un par de balones el guión puede cambiar bastante. Las siguientes horas a la comida las pasé subiendo y bajando escaleras, persiguiendo pelotas y regateando a mi pobre hija.

La verdad es que fue una boda divertida, con buena comida y algo atípica en la que pese a caer en la tentación no arrasé con las bandejas como suele ser costumbre.

Mis felicitaciones desde aquí a los novios.