Ayer finalmente me pusieron a dieta. Le llevé los resultados de los análisis de sangre a la señora endocrina que me dijo que todo era una parida y que todo estaba bien excepto el hígado, que lo tengo graso (eso ya lo adiviné yo) y que bastante. Pero que se quita adelgazando. Me tendré que beber un vasito de fairy diario...

La señora, que iba por faena porque cobra muy poquito de la mutua, me pesó en una báscula de la guerra civil y me sorprendió con un fino comentario: "¡anda, no parece que estés tan gordito!". Para mis adentros pensé: "gordita está usted, yo lo que estoy es gordo".

Peso: 106 kg
Altura: 168 cm (ya he perdido uno...)


En los siguientes 20 segundos me sacó una dieta cutre fotocopiada a la que le hizo dos retoques y me dijo: "si tienes dudas las apuntas aquí y hasta la semana que viene".

Nada de investigar los origenes de mi proceso de engorde, nada estudiar la mejor dieta que se pueda adaptar a mis necesidades, nada de aquellos pequeños consejos para que sea más llevadera...

Que día más triste.

La dieta es la clásica dieta hipocalórica, con alimentos pesados, ordenados por grupos, y con poco o menos carbohidrato.

Por otra parte, lo que realmente necesito es una constancia y un seguimiento, pues mi amplia experiencia como gordo me ha formado en profundidad en dietética y nutrición. Vamos, que la dieta que me ha dado me la hacía yo y más currada, pero al menos la obligación de tener que ir allí a pesarme cada semana y la vergüenza de presentarme más gordo que la semana anterior servirán, supongo, de aliciente.

Ayer cené pulpitos y champiñones a la plancha. Todo dentro de su orden.

A tomar por culo el chocolate, las patatitas, las tapitas y el vermutito... a tomar por culo el colacao, la orchata, los helados... a tomar por culo el verano.