El ser humano, como dicen en aquarius, es extraordinario, es decir, ordinario y más. Mi caso no es diferente y, consiente de valor de unas buenas vacaciones, no estoy dispuesto a sacrificarlas por adelantar algo que tiene para rato. Es decir, que sin pasarme, en las vacaciones me doy un homenaje gastronómico.

Empieza mal la cosa cuando, dos horas antes de acabar, en el curro se celebra con el clásico pica-pica y como uno es educado no puede sinó complacer al anfitrión y probar muy a disgusto la deliciosa tortilla de patata rellena de queso, las pizzetas y los minisandwiches vegetales.

Ya en el pueblo me contengo dentro de lo posible y hast hago algo de ejercicio (un minicampeonatillo de basquet en el que corrí como nunca y perdí como siempre). Durante estos días he comido: redondo de pollo asado (de esos que llevan huevo y queso), gazpacho (día sí día también), filetes de ternera, barbacoa (pollo, cordero y... sí, lo admito, también morcilla y choricillo), pechugas de pollo a la plancha, pollo a l'ast, ensaladas... todo (o casi) dentro de lo aceptables, aunque con unas cantidades algo descontroladas.

Como meriendas, el día que me acuerdo, yogures desnatados, fruta (ciruela, melocotón...) y zumo de mandarina (que rico)

Los desayunos, inalterables, rebanada de pan (integral) y loncha de jamón dulce/pavo/pollo.

Como ya sabéis hoy voy a la endocrina. En cuanto vuelva pondré el post con los resultados, que ya anticipo no serán demasiado ilusionantes.