Sé que muchos estáis ansiosos por saber cómo mi fue mi visita con la endocrina. Si cumplió las expectativas mías o vuestras y si tuvo un final triste o alegre. Como todas las cosas buenas se hacen esperar esta no será menos, y la respuesta la tendréis oculta en el interior de esta entrada, que procuraré que sea tan larga como pueda para la intriga os corroa por dentro y el clímax al conocer la resolución os haga alcanzar un orgasmo cerebral. No os servirá de nada correr a leer las últimas líneas, pues como buen relato, estará estructurado eficientemente y disfrutaréis de una moraleja tras la conclusión. Así fue:

El primer día del resto de mi vida empezo en una gélida y lluviosa tarde de octubre. Unas cuantas horas antes, el malestar generalizado ya anticipaba el desenlace y sólo intensas dosis de ibuprofeno fueron capaces de apaciguar el dolor. Yo mismo elegí esa tarde para el reencuentro y no me arrepiento, pero admito que fue algo precipitado y arriesgado. Sólo disponía de quince minutos para abandonar mi puesto de trabajo y personarme en la consulta, muy justo considerando la lluvia torrencial que asediaba la ciudad y la peligrosidad de conducir mi Yamaha en esas condiciones. Los primeros diez minutos desaparecieron entre escaleras, despedidas, chubasqueros y demás. Tuve que trazar curvas cerradas y apurar semáforos en ámbar para lograr el objetivo, pero no quería que nada perturbase mi predisposición. Conseguí llegar a tiempo y dí el aviso en recepción; supuse que no tendría tiempo ni a quitarme la chaqueta, pero no fue así, la doctora entró acto seguido en la sala de espera, la miré con cara de cordero degollado y ella, en un acto de humillante ignorancia pronunció un nombre propio: "Marta Fernández". No podía creerlo: me había jugado la piel callejeando más allá de los límites de la legalidad, había conseguido llegar a tiempo y alguien iba a entrar a la consulta en mi hora reservada. Pensé que el mundo había dejado de girar, pero entonce, saqué fuerzas de flaqueza, me recompuse y aproveché la tregua para quitarme los pantalones de chubasquero empapados, los guantes calados, y la chaqueta. Necesitaba consuelo como el aire, así que cogí mi teléfono móvil y llamé a mi mujer con la esperanza de que una voz cálida y amiga me reconfortara. Pasados unos instantes y calmados los ánimos colgué el teléfono ante la inminente llamada de la doctora, que no se hizo esperar. Erán más de las siete, mi tiempo había pasado y ahora debería lidiar con ella en un espacio hostil y un momento ajeno.

- Hola Víctor. ¿Dónde te peso normalmente? ¿Derecha o izquierda?

Fueron sus primeras palabras

- Pues en todas partes -espeté- aunque quizá la última fuese en esa sala.

Esas fueron todas las palabras por el momento, después de un largo mes de ausencia, no hubo un apretón de manos ni una mírada complice. Tampoco animadversión, simplemente desidia. Lo siguientes momento transcurrieron lentamente, entre silencios incómodos, el tiempo necesario para sacar mi tarjeta de la mutua de la cartera y firmar el comprobante que preparó. Sin mediar palabra, se levantó de la silla y se acercó a la báscula. Yo esperaba una invitación a subirme, pero nunca llegó. Intrepreté la situación y me levante por mi propio pie, y cuando me disponía a quitarme los zapatos para subirme escuche su dura voz:

- ¿Te peso con zapatos o sin zapatos? ¡ah sí!, con zapatos...

Me subí a la báscula y la doctora inició el ritual de mover pesos y deslizar piezas por las barras metálicas del artilugio. Yo sabía que esa báscula era peligrosa, que alguna vez me había devuelto valores inexactos por excesivos y además cargaba con el peso incalculable de la desazón que producía saber que estaba ante una inflexión en mi vida. Un punto sin retorno del que sólo se puede salir triunfante o derrotado. Ella argumentó:

- Muy bien, muy bien. Parece que te va mejor cuando no vienes. Tres kilos y medio. Dijo.

No me pude contener apunté: - Sí, bueno, ya hacía casi un mes desde la última vez, así que sale a menos de un kilo por semana...

Ella hizo caso omiso a mis palabras y, mientras abandonaba la sala y invitándome a recoger atropelladamente mis enseres concluyó: - Bueno, Víctor ven cuando quieras...

Esas fueron las últimas palabras que escuché salir de mi endocrina, y esas serán las últimas palabras que escucharé nunca. Había cumplido mis expectativas y, después de un mes de ausencia injustificada, nada había cambiado. El tiempo se congelaba en esa consulta, y a lo largo de 14 semanas tan sólo una tabla de alimentos fotocopiada y un control de peso inexacto no era suficiente para reconfortarme. Ningún consejo, ninguna indicación... nada que pudiera añadir algo de sentido a mi esfuerzo. Mi étapa con esa endocrina había concluído, y ella misma se había dado cuenta. Ya no volvería a perder mi tiempo, un bien tan escaso, para tan poca compensación. Posiblemente proseguiré mi camino independientemente. Fortalecido por la experiencia, creo que no necesito de la tutela de ningún médico y seguro que superar el reto sin ayudas y sin trampas será más gratificante. La intensa huella que dejó aquella endocrina en la primera visita se desvanece con la lluvia. Para cuando leáis éstas palabras ya no quedará ni rastro.