Hoy me he levantado antes que de costumbre, ilusionado con repetir mi visita con mi última endocrina y de comprobar mis progresos. Al despertarme, sobresaltado todo era extraño: mi mujer y mi hija no estaban y mi casa, pese a ser la misma, parecía distinta. Preocupado y desorientado me he dirigido al cuarto de baño, para lavarme la cara y para comprobar que el que se reflejaba en el espejo era yo. Al levantar la cabeza me he visto a mi mismo, pero hace 16 semanas, es decir tan gordo como antes. Me asustó pensar que todo este tiempo no había sido más que un sueño, me miré las manos para comprobar que mi anillo seguía en el dedo corazón, pues me lo cambié del anular porque me quedaba grande. Estaba en su sitio, quizás el reflejo no había sido más que una impresión repentina, así que volví a levantar la vista. Seguía siendo como entonces, muy gordo. Levanté mi mano también y comprobé como, en su reflejo, el anillo estaba en el dedo anular. No podía creerlo: mi mano y su reflejo ofrecían imágenes distintas.

No salía de mi asombro cuando vi pasar, corriendo tras mi reflejo, un pequeño conejo negro. Rápidamente me giré para ver por donde se había ido, pero no había nada. De nuevo volví a mirar al espejo y allí estaba, sentado en una esquina, mirándome. Todavía no entiendo cómo ocurrió, pero fui tras él. Dejó que me acercara lo bastante como para que creyera que podría cogerlo y entonces echó a correr. Yo lo perseguía sin descanso a través de callejones y descampados hasta que le perdí la pista.

Pensé que lo más prudente sería deshacer el camino y volver por donde había venido, pero al volverme atrás me encontré con una puerta entreabierta. La luz que filtraba la rendija me invitaba a cruzar el umbral y no opuse resistencia. Dentro, una recepción vacía y mohosa, revelaba que hacía siglos que nadie había pasado por allí. Mi curiosidad venció a mi miedo y me encaminé por el interior de la estancia, intentando descubrir algún motivo de por qué yo estaba allí.

Todas las puertas estaban cerradas, de modo que me disponía a dar media vuelta y abandonar tan sórdido lugar cuando una de ellas se abría, emitiendo un largo y agudo chirrido. Atravesé la puerta temiéndome lo peor, y allí encontré a una señora espantosa, vestida con camiseta rosa y ocultando su pelo tras un pañuelo. Se estaba bebiendo un batido. En su mesa un cartel anunciaba "Dra. Elvira, endocrina". Pensé que alguien tan horrible no estaba capacitado para aconsejar sobre el aspecto de nadie, pero a la vez temí tanto una reacción violenta que no opuse resistencia. La doctora no abrió la boca ni hizo gesto alguno, pero entendí que, como siempre, debía subirme a la báscula. Me quité los zapatos y me disponía a poner un pie encima cuando noté que mi piernas pesaban tanto que era incapaz de dar un sólo paso. Me giré bruscamente buscando una respuesta en la endocrina y comprobé con espanto que estaba completamente desnuda. Aquella mujer horrorosa no había tenido ningún complejo a la hora de mostrarse tal como era, de modo que yo, que aunque gordo y poco ajustado a los cánones de belleza no era comparable a semejante esperpento, entendí que debía hacer lo mismo para que la báscula mostrara unos resultados fiables. Me subí despacio, con cautela, tenía miedo que si no había logrado unos bueno resultado aquella persona monstruosa me atacara. Me sorprendió comprobar que la báscula era exactamente la misma de la semana anterior, y una sensación de tranquilidad me invadió. De repente, toda la tensión, todo el terror, habían desaparecido. Yo nunca he sido capaz de entender el funcionamiento de esas máquinas, así que esperé a que la doctora moviera los pesos, pero nunca sucedió. Me giré para mirarla y ya no estaba allí. Estaba desconcertado, no entendía nada de mi visita. Ví que había algunos papeles sobre su mesa y esforzándome por descifrar una caligrafía no menos espantosa que la propia mujer, descubrí: enhorabuena, ha recorrido la mitad del camino; pesa 86 kilos, 20 kilos menos que cuando empezó el trayecto; no se confié pues ahora empieza el sendero más duro y tortuoso.