Siempre supe que esto de perder peso era una carrera de fondo, lo que no tenía tan claro es que además era de obstáculos. Por si acaso es demasiado fácil perder 40 kilos por uno mismo, acostumbrado como está a pesarlos y a comer y vivir para mantenerlos, se unen a la dificultad de la empresa las opiniones bienintencionadas de terceras personas.

Mi objetivo es perder 40 kilos porque:

a) me engordé 50
b) me lo ha dicho la endocrina, que aunque gorda, es doctora
c) simple matemática de cálculo de IMC

Pues bien, ahora que llevo 30 kilos, que me falta ya poquito y que necesito ánimos para ese último empujón, cada vez que me encuentro con alguien que hace tiempo que no me ve y me recuerda de gordo, me anima a que no pierda más peso, que ya estoy bien así. Supongo que lo que sucede es alguna de las siguientes posibilidades.

a) como yo era gordo no tengo derecho ni capacidad de ser normal. Tengo que ser, como mínimo, fuertecillo.
b) me comparan conmigo mismo hace meses y no con cualquier hijo de vecino, y por lo tanto, para ser yo, ya estoy muy bien. Es como si al tonto del grupo le dicen que está muy bien suspender 5 porque lo habitual en él es suspenderlas todas. Pues no, no está bien. Sólo está mejor (o menos mal)
c) toca los cojones ver que alguien que era feo, gordo y cabrón, va camino de ser sólo feo y cabrón, y por eso mejor disuadirle de la idea.
d) la mayoría de la gente que lo dice está bastante más delgada que yo en estos momentos, con lo que entiendo que se deben ver a sí mismos como enfermos anoréxicos y no quieren ese mal para mí. Que majos.

Por eso la conversación cuando me encuentro con alguno siempre es idéntica:

Señor: - Ala, qué bien estás, ¿cuánto has perdido?
Yo: - Pues treinta kilos, señor, que se dicen pronto
Señor: - Bueno, pues ahora ya no pierdas más, que ya estás muy bien, eh? Ahora lo difícil es mantenerse.
Yo: - Pues debería perder diez kilitos más...
Señor: - Anda, anda, que aun te vas a poner malo... a ver si ahora te me vas a volver anoréxico o algo peor (mirada de desaprobación).
Yo: - Señor, que no lo digo yo, que lo dice la doctora. Y además aun tengo muchas lorzas, mire, mire...
Señor: - Pues yo te veo ya bien así, si te quedarás así estarías estupendo. Lo que tienes que hacer ahora es ir al gimnasio.
Yo: - No sé, no sé, ya veremos (pensamiento: "los cojones, señor, espero que se engorde usted los diez kilos que yo no quiero y entonces vendré a decirte lo majo que está").

Por lo tanto, llegados a estas alturas, la única vía de trabajo es:

a) no hacer caso de nadie excepto de la OMS
b) no agobiarse por los 10 kilos que faltan porque al pueblo llano ya se le ha hecho feliz
c) tener paciencia para perder el peso restante en el tiempo que sea necesario.