Muy probablemente la semana que viene ya no habré perdido 30 kilos, porque me estoy dando unos homenajes de padre y muy señor mío; de esos que te quedas hinchado para lo que queda de día.

Ayer martes, para cenar, tan sólo unas horas después del momento báscula, se nos ocurrió a mi mujer y a mí pedir comida china. Entonces sucedió el clásico "a ver qué pedimos, a ver qué quieres..." y acabamos pidiendo:

Arroz frito con pollo (arroz, mal!)
Tallarines fritos al estilo chino (tallarines, mal!)
Ternera con pimientos verdes (bien, pero me la comí yo toda, así que mal!)
Empanadillas chinas (pasta, mal!)
Pan chino (pan, mal!)
Entremeses chinos: costillas, pollo rebozado (rebozado, mal!), gambas con gabardina
Pan de gambas (almidón, mal!)

y comí un poco de todo y bastante de bastante, así que para cenar no fue la mejor idea.

Hoy he salido a la calle a pasear por una zona a la que me gustaría mudarme. Necesitaba 30 euros para devolverlos al sitio al que los pedí prestados para pagarle al chino de ayer, pero los cajeros no dan billetes de 10, así que he sacado 40 y he pensado que la mejor forma de conseguir cambio era gastarme 4 de esos euros en un Dürüm: muy rico, y sobretodo muy grande.

Así que ahora son las 18:30 de la tarde y todavía noto como el botón del pantalón se lamenta y me siento como si hubiera vuelto a pesar 106 kilos en un instante.

A ver qué hacemos el resto de semana... si al menos compensara con el gimnasio...

Mi conclusión es doble: mejor que no me dedique a improvisar mucho, y cada vez que lo hago recurro al extranjero.