Ayer tocaba pesarse, y me temía lo peor. Está claro que los últimos metros son los más difíciles, más aun cuando cuando uno duerme entre churros de chocolate y ganchitos. La bondad alimenticia del lunes se antojaba insuficiente y procuré compensar, pese a lo engaños y para la estadística, acudiendo al gimnasio y sudando la "cansalada".

Yo soy un fan de lo gratis. Me gusta comer de gorra en los pica-picas, que mis amigos me inviten a nespressos en sus cafeteras pijas, aprovechar las ofertas de ikea tipo "si tienes más de tres personas delante en la caja te invitamos a un frankfurt", e ir al gimnasio con invitaciones. Una bonita compañera de trabajo me dio una docena de invitaciones para una cadena de gimnasios municipales y he ido tirando de ellas por el momento. Bajo mi lugar de trabajo hay un "club deportivo" (algo así como un gimnasio pero en muy muy pijo), y la semana pasada fui a echar un vistazo y preguntar información, aunque ya sabía de antemano que no estaba hecha esa miel para mi boca. La cuota mensual es de 90/100 euros a cambio te dejan toallas cada día, y las duchas tienen gel, champú y colonia vetiver. La piscina es de chapa y en vez de cloro tiene ozono, además de otras lindezas como 5 canales de tv en la sala de fitness con auriculares, zona wifi con portátiles para navegar, etc. Obviamente que sea gordo y cabrón no implica que sea memo, y dejar 100 talegos en un gimnasio me parece una barbaridad y un atentado a la economía familiar, pero la visita y presentación del comercial me premió con dos invitaciones para probar el chiringuito. Si contamos que el pase de un día vale 15 euros, puedo estar contento con el regalito de 30 euros que me he ganado.

Ayer liquidé mi segunda invitación y, como sabía que sería la última, la exprimí en la medida de mis posibilidades.

Sala de fitness: mientras veía el emocionante partido de tenis entre Lleyton Hewitt vs Philipp Petzschner me dediqué a 35 minutos de bici, 30 minutos de elíptica y 20 minutos de step lateral. No pudo ser más porque un tirón muscular me avisó de que se me hacía tarde.

Zona de agua: cojeando como chiquito de la calzada llegué hasta la sauna y me quedé allí sudando lo que me quedaba por sudar 10 minutitos más. Protagonicé el segundo momento estúpido de la jornada la preguntar cómo se abría la puerta para salir después de ponerme nervioso intentado encontrar el el picaporte y recibir la gratificante respuesta: "empuja". De la sauna pasé al hidromasaje y de allí a la piscina, pues no quería marcharme sin meter mis pelotas en una piscina de chapa llena de agua con ozono. (la de la foto)

Llegué a casa a las 21:00, me cené unos pimientos de piquillo y me vi un par de pelis: the women (una basura) y 21 gramos (una virguería).

Por la mañana la báscula me guiñó el ojo y, sin pasarse, agradecía mi esfuerzo esporádico con una leve bajada de peso. 74,6 kilos, 300 ridículos gramos menos que hace dos semanas. No es ningúna hazaña, que duda cabe, pero peor sería haber engordado. Un nuevo mínimo histórico para mi medallero.