Pese a la vergüenza y el más que probable escarnio público debo admitir cabizbajo que he engordado en mi última revisión la nada desdeñable cifra de 700 gramos. Muchos pensarán que 700 gramos no es nada, que 700 gramos los orina en un momento de máxima tensión de vegija o los defecan en tras unos días de resistencia intestinal, pero 700 gramos más se convierten en un kilo y medio cuando los sumamos a las expectativas y no conozco a nadie con una vegija del tamaño de una botella de font vella.

Ayer debía ser el día en el que todo cambiara. Un nuevo amanecer para un futuro esperanzador, pero se truncó cuando, al ir a recoger una bicicleta elíptica que se encargaría de sudar mis excesos, la vendedero se agazapó tras las mirilla y contuvo las respiración hasta que reculé y volví por mis pasos deshaciendo el camino.

La tristeza ante tan desoladora perspectiva sin duda hizo mella en mi moral, por lo que la noche debió ser la de los excesos. Definitivamente mi cuerpo se ha revelado contra mí. Encontrar un yugo opresor capaz de devolverlo al redil parece una quimera, pero con las bucólicas esperanzas de los idealistas forjaré una nueva ilusión antes de que mis orejas rocen el piso.

Ahora peso 73,6. Un pequeño paso atrás para un hombre. Un gran paso atrás para la obesidad.


Y esta noche verbena de San Juan, coca, y su puta madre en conserva