Ya estamos de vuelta. O casi. De vuelta al trabajo, aunque aun dando los últimos coletazos vacacionales con la jornada intensiva y la apacible vida en el pueblo. Se agredece que la reincorporación al tajo sea suavizada porque pasar de no saber si rascarse el ombligo o las gónadas a trabajar mañana y tarde habría sido insoportable.

Y la verdad es que me ha costado. Me ha costado volver y me ha costado comer y mantener durante estas tres semanas que han cundido como un mes pero se me han hecho como cinco días.

La semana pasada me pesé, por ver qué tal, y no me pareció nada mal. 71,4 kg marcaba mi WiiFit, 100 gramos por encima del peso normal pero cerca de los valores en los que me quedé antes del verano. El problema es que desde ese martes hasta el martes actual se ha cruzado una boda, un mcdonalds y una barbacoa...

Hoy no estoy en casa así que no me pesaré, pero seguro que le me he llenado bastante la joroba. No me preocupa demasiado si hace una semana andaba por setentayunos no puedo andar ahora tan lejos. La verdad es que ya tengo un poco de ganas de reemprender costumbres, y sobretodo, de controlar.

El verano ha sido como tiene que ser, con sus paellas, sus sangrías, sus mojitos, sus barbacoas, sus helados y más helados, sus atiborres... pero también con sus partidos de tennis, sus momentos de footing, su nadar en la piscina; incluso me he comprado una bici a la que no le he hecho los kilómetros que debería pero que está siendo y puede ser una buena aliada.

Ahora lo que me toca es reemprender la marcha, rebajar lo que me haya aumentado, rebajar unos kilos más pacificamente y sin prisas, hacer todo el deporte que pueda para liquidar los pellejos y colgajos lo más rápidamente posible.

Un saludo a todos los gordos que me leeis. Os deseo que hayais tenido un verano, cómo mínimo, la mitad de bueno que el mío.