Mi buen amigo Murphy era un tipo optimista: pensaba que todo lo que puede salir mal, sale mal. Yo creo que se equivoca, a menudo salen mal incluso cosas que es imposible que salgan mal.

Ayer no jugué a fútbol. Se anuló el partido por lluvia. Vivo en Barcelona, un sitio en el que llueve 1/25 días o menos. Ya es el segundo partido consecutivo que me anulan. Per antes de que lo anularan me dio tiempo a: vestirme de capullo con medias y todo (generalmente me cambio en el vestuario, pero estos dos días me dio por salir de esa guisa de casa); ponerme las lentillas de usar y tirar (aunque en este caso fueron de tirar sin usar); sacar el coche del parking en medio de una reunión de la comunidad de vecinos organizada frente a mi plaza; recoger a mi colega y tomarnos un café en el garito de la esquina. Para hacerlo más emocionante, no llovió en todo el día hasta el momento en que salí por la rampa del parking.

Al volver a casa con el rabo entre las piernas (siempre suelo llevarlo ahí yo) me preparé una suculenta cena con un suculento postre y un suculento preámbulo. Sustituto ideal del deporte.

Pero como nunca llueve que no escampe, esta mañana he amanecido al dente. Ni crudo ni pasado, me he pesado y he marcado 71,3 que es mi particular 32 º Fahrenheit, es decir, mi punto 0. Supongo que incluso el deporte es un placebo, y pensar en hacer ejercicio es lo mismo que hacerlo, o casi.

Lo difícil es que ya es viernes, y el viernes es el primero de tres días en los que nunca he bajado ni un gramo, porque se me juntan el hambre, con las ganas de comer, con el tiempo libre y las actividades extracurriculares (este fin de semana tengo cumpleaños).

Ya os diré el lunes cómo he salido parado.