Yo, como además de gordo soy tonto, me pongo a dieta justo después del verano. Así que me engordé bastante el mes de junio, me engordé más en julio y me puse tocino en agosto. Porque a nadie le amarga un dulce y menos a un gordo por devoción.

Mis 71 kilos de barrera quedan ahora lejos después de haber visto con espanto el 80 en la báscula por un instante. Ayer, último día de mis vacaciones, me subí a la Tanita a las 22:30 y comprobé con resignación que pesaba 79,3 kg, ocho más de lo que debería para no ser oficialmente gordo, 7 diez más de mi mejor marca.

Pero que me quiten lo bailao, que las penas con pan son menos y he pasado algo de pena y algo de estrés que el rico chocolate y los refrescantes helados además de las copiosas barbacoas han ayudado a minimizar.

Ahora, de vuelta al tajo, mis problemas se vuelven a reducir a uno: la chicha. Me dispongo de nuevo a combatirla con tesón y con la sabiduría de la experiencia. Me tomaré esta semana como una desintoxicación de los excesos estivales y limitaré mi menú esencialmente a gazpachos y zumos (y algún pescadito/pollito plancha), que me ayudará a limpiar toxinas y bajar grasas sin perder de vista la necesaria ingesta de unos pocos hidratos. Además, me propongo correr un poco y coger algo de forma, ahora que me he mudado al eixample barcelonés y correr una milla es tan facil como dar cuatro vueltas a la manzana. Y eso mismo hice ayer mismo: me tomé mi vasito de gazpacho y, media hora después, enfundado en una zapatillas y con mi podómetro activado, di cuatro vueltas a la manzana para el deleite de mi mujer y mi hija, que miraban desde la ventana. El tiempo fue lamentable (9'27") pero me sirvió de toma de contacto y de punto de partida, además de que sudé 500 gr en esos minutos.

Ya os contaré cómo va el asunto.