Ayer corrí la Jean Bouin de Barcelona. Un clásico de carrera popular donde las haya. La más antigua de Europa creo. 10 km de sudoración descontrolada, calambres, flato y éxtasis semiorgásmico. Aficionarme a las carreras populares es una motivación extra para mantenerme en forma además de una forma barata de hacer ejercicio y conseguir camisetas chulas.

Para la Jean Bouin de este años había 12.000 plazas (de las que dos o tres mil finalmente se rajan) y yo quedé el 7.000 y pico, aunque la clasificación no es muy fiable porque tienen en cuenta el tiempo oficial y no el real (el oficial cuenta desde que dan la salida y el real desde que yo paso por la salida, y la diferencia es de 4 o cinco minutos, creo). y siempre hay gente que ha tardado más en hacer los 10 km pero que ha salido antes; supongo que a la inversa también habrá, pero esos no me interesan.

La foto que veis es de los últimos 200 metros, después de haber sudado la cansalada como decimos por aquí de lo lindo. Intenté ir más rápido que en la Mercè y finalmente lo conseguí por tan sólo diez segundos de margen, lo que aunque poco, significa mejorar.

Durante la carrera pasas por fases muy amenas:

1. Unos días antes estás eufórico, miras el recorrido por internet, te planificas cómo correr, cómo tomártelo, te haces cábalas para ser más veloz que Speedy Gonzales...

2. El mismo día de la carrera te cagas en San Patrás por levantarte a las 7 am un domingo sin necesidad pero te resignas, te enfundas la ropita y sales de casa pasando frío y rumbo a la salida.

3. Una hora antes de la carrera te emocionas vivo, calientas como un pro, fardas con los compañeros de tus planes y les cuentas a todos que estás fatal de forma para prevenir una posible debacle.

4. Empieza la carrera y sales entre la muchedumbre y por un momento tienes la sensación de estar en el primer día de rebajas del Corte Inglés, peleando entre marujas por unos sostenes de aro con relleno.

5. Pisas la alfombra, oyes el pitidito del chip y empiezas a coger ritmo. Las piernas se tensan de golpe, los tobillos rechinan ante la que se les viene encima y durante 500 metros se hace entre gracioso y desagradable el tema de correr.

6. Ya tienes el ritmo, siempre por encima de lo que esperas mantener y siempre por debajo de lo que crees que estas haciendo, pero al menos, durante uno o dos km vas tirando alegremente y feliz por las espectativas.

7. Los siguientes dos o tres km continúas a "tu ritmo" mientras ves como miles de flipados te adelantan haciendo slalom.

8. Un par de veces te agachas a atarte los cordones y luego te entretienes pensando cómo puedes ser tan estúpido para que no habértelos atado fuerte en la salida, y cómo puedes ser tan doblemente estúpido para volver a hacerlo mal.

9. Llega el ecuador y piensas que ya llevas la mitad y que no ha sido para tanto, pero a la vez piensas que vaya palo lo que te queda todavía, que el tobillo empieza a doler, que las rodillas crujen como ruffles, y que por la zona del diafragma notas una sensación rarita.

10. Y en el km siete empieza la subida, y empieza la muerte en vida. Aquí ya tiras más por dignidad que por capacidad. Te das cuentas de que, para lo que queda hay que acabar, y hay que hacerlo con decencia, pero ya la vista se baja al suelo irremediablemente, ya no oyes las canciones del mp3 y ya respiras por la boca como un pez fuera del agua.

11. Último kilómetro. Hay que hacer un esfuerzo extra y llegar como un figurín, dando zancadas por si alguien está mirando o haciendo fotos. El problema es que la subida se convierte en Puerto de Montaña y al final tienes la sensación de correr en contra dirección por las escaleras mecánicas del centro comercial. Lo único bueno es que a los demás también les pasa. En ese momento recuerdas que cada kilo que pesas de más tendrás que subirlo ahora y te acuerdas de todos aquellos "no pasa nada" cuando te ofrecían galletitas.

12. Últimos 100 metros. Consigues adelantar a la señora de 65 años y sonríes satisfecho por tu gesta, justo a tiempo de cruzar la meta, frenar en seco en contra de todo consejo, y de aguantarte un par de arcadas mientras te tiras en un rinconcito esperando que un angelito venga del cielo y se te lleve.