La terrorífica película protagonizada por Kevin Bacon (mmm... bacon...) me sirve de pie para mi nueva situación vital tras mi reencuentro semanal con el rectángulo metálica. Una vez más mi báscula ha sido vehemente, pese a mis esfuerzos por echarlo todo a perder, y me ha gratificado con una nueva victoria moral que me permite subir al último escalón de la escalera.

Esta semana no ha habido nada de gimnasio y en cambio ha habido excesos de todos los colores y sabores como pizzas, neulas de chocolate, paellas, etc. Pero como dice el dicho "bien está lo que bien acaba" y aunque esto todavía ha acabado, cada pasito es la dirección correcta me acerca al final de la escalera.

Esta mañana he pesado 76,8 kg. 700 gramos menos que la semana anterior, y por fin por debajo de los 77,1 kg que marcan la diferencia. La diferencia entre el sobrepeso grado II o preobesidad y el sobrepeso grado I, el que tengo ahora. He conseguido desterrar la palabra obesidad de cualquier asociación con mi estado actual y eso hace ilusión. Mi nuevo IMC, calculado en mi moderna y útil calculadora de Índice de Masa Corporal, es de 26.89. Por supuesto está rozando el límite y hay muchas posibilidades de que ahora me relaje y la semana que viene haya vuelto ha cruzar la calle. Esperemos que no.

Paralelamente tengo otro reto inminente para cumplir que espero me sirva de acicate: cuando pierda los próximos 800 gramos y pese 76 o menos habré perdido la friolera de 30 kilos en total. Una cifra bonita y divertida, que sobretodo es alarmante cuando pensamos que aun tengo que perder 10 kilos más para llegar a mi peso ideal. ¡Hay que ver cómo se descuida uno!

Cuando haya perdido esos 30 kilos (30 kilos a los 30 años) prometo algunas fotografías comparativas ilustrativas del cambio. Esas cosas siempre son lo más divertido de ver. Espero encontrar esta semana algo de tiempo para dejarme caer por el gym y así contribuir un poco más.