Para el que desconozca el término, el equivalente castellano para un mitja-merda vendría a ser un esmirriado... alguien de quién diríamos que "no tiene ni media hostia"

Toda mi vida me he caracterizado, entre otras cosas, por tener un culo grande, redondo y duro como una roca, capaz de pulverizar una nuez situada entre mis nalgas con un simple estornudo. Pero eso ha cambiado; los kilos se han llevado tras de sí mis poderosas posaderas y mis gluteos actuales no sería capaces ni siquiera de aplastar levemente un platano maduro (pelado, claro).

Con esto no os insto a imaginarme colocando plátanos en mi retaguardia y mucho menos desafiando mis esfínteres con nueces. Tan sólo quiero dejar constancia de una evidencia: soy un tirillas.

Me he dado cuenta de que estoy más blandurrio ahora que de gordo, y que, aunque de cara recuerde al joven que un día fui, sin camiseta estoy más en la linea del Clint Eastwood de los Puntes de Madison que del de La muerte tenía un precio.

Y si la muerte tenía un precio, perder peso sin pisar un gimnasio y sin mover nada más que los dedos sobre el teclado también lo tiene, y su precio justo es el que he comentado. Si que es verdad que me muevo mucho mejor ahora que con 106 kilos, pero no me muevo 30 kilos mejor. Es decir, que si alguien me pone sobre los hombros una mochila con 30 kilos y me pide que corra no seré capaz de hacerlo como entonces. De hecho lo más probable que le dé con la mochila en la mollera al listo, y que, de intentarlo, vomite el desayuno antes de dar el primer paso.

Por eso ahora debería frecuentar gimnasios, jugar al wiifit, tomar zumitos y cambiar la moto por la bici. Pero eso está harto difícil. Tendré que aprender a vivir con mi nueva condición de ser pequeño y fofo. Este verano me meteré las chichas por dentro del tanga, para disimular.