Hay quien cuenta ovejitas -principalmente pastores y algún niño antiguo con insomnio- y hay quien cuenta calorías. Calorías, o hidratos de carbono, o kilojulios... Es cansino y cansante pasarse la vida con el coco puesto en los kilos. Hay ocasiones en las que, fruto del aburrimiento, uno aprovecha para motivarse con lo que sea, incluso con ponerse en forma, y le da un poco caña al tema de las dietas, el ejercicio físico y temas similares. Cuando la vida te permite concentrarte te puedes permitir el lujo de hacer de tu estado físico y de salud tu propio hobby y puedes dedicarle tiempo buscando información por internet, planificando un cuadrante en excel con los menús diarios, saliendo a correr con tu chándal nuevo o escribiendo un blog para mostrar al mundo tu descomunal iniciativa y tus éxitos sin parangón.

Pero la vida es como el agua del río, fría y cambiante. A veces su corriente te empuja a la orilla y otras veces te lanza por la catarata. Es poco probable -y poco recomendable- que el esfuerzo que se puede hacer hoy -y la ilusión- se pueda mantener eternamente; primero por la propia fugacidad de nuestras vidas y segundo por lo inesperado de su devenir.

Hace un par de años, estaba aburrido en mi casa, sin mucho en que pensar de manera que un día, sin previo aviso, pasé por delante de un espejo y me di cuenta de mi realidad. Estaba gordo. Como todo sabéis hay tanto tipos de gordos como gordos, pero yo, que soy muy mío, me ví realmente muy gordo. Lo más gordo posible. Para alguien que tiene el peso ideal en 64 kilos, pesar 106 era toda una proeza y un divertido tema de conversacion para romper el hielo y, aunque me vi tentando a intentar llegar a los 128 y así poder alardear de que duplico mi peso en grasa, tomé la drástica determinación de que ése era un buen punto de inflexión meterme en cintura.

El año que pasé a partir de entonces lo viví como un profesional del adelgazamiento. Aprendí todo sobre nutrición, alimentación, engorde, acidos grasos, trigliceridos y demás mandangas. Me apunté a una visita semanal con una endocrina. No metía en mi boca nada que no pensará quemar en las próximas horas y hasta me hice con pases para el gimnasio y me desfondaba allí como un poseso. Fue mi gran año en el que perdí 35 kilos y llegué a romper la barrera de lo que los profesionales de esto llamamos "el normopeso". Aun recuerdo la ilusión con la que le contaba a todos que ya no era gordo, que la organización mundial de la salud me dejaba al margen de la etiqueta. Recuerdo también como disfrutaba diciéndole a todos mis amigos que debería cuidarse, que les sobraban unos kilos, y que tenían que pensar en su salud.

Pero como en todos los ríos, el agua a veces llega a lagos o pantano, donde se estanca, se pudre y se infecta. Cuando logras el objetivo respiras relajado, te apartas unos metros y miras en el espejo satisfecho de cuánto molas. Y aunque te puedes plantear objetivos adicionales, si has ganado la copa del mundo poco te importa la copa confederaciones. Me convertí entoces en el hombre que subió una colina y bajó una montaña. En el mister fantástico horizontal.

Ahora mi mente ha archivado todo aquello. Lo ha guardado en el cajoncito de las medallas. Ahora tengo el coco revuelto porque mi vida, como dicta su ley -la ley de vida- da vuelcos y tumbos, y aunque sean para bien, son. Estoy inmerso en medio de una mudanza. Pero mi mudanza, como todo en lo que me implico, es algo más grande que yo mismo, algo que se eterniza y se perpetúa. Logré vender mi piso después de 3 años y más intentándolo por todos los medios -además de experto en nutrición soy también agente inmobiliario de formación, tasador, arquitecto, negociador y mentiroso intencional- de sobrevivir al euro, al boom inmobiliario, al estallido de la burbuja y a la crisis. Como la dice el refrán "si pica cura" no tuve la suerte de poder vender mi piso, recibir unas jugosas arras y mudarme a un palacete borbónico contratando a unos fornidos camioneros para el traslado. Yo prefiero sudar sangre siempre. Vendí mi piso por lo mismo que me costó para poder ser así un orgulloso vendedor que no se ha forrado por el camino, no pude cuadrar la venta con la compra del nuevo piso por lo que, gracias al cielo, me mudé provisionalmente pero sin fecha de salida a casa de mi suegra, con la mujer, y la niña; gracias al cielo también inundé el garaje de mis padres con mis enseres por tiempo indeterminado y me senté a ver los precios caer y las condiciones hipotecarias endurecerse. Hace un mes conseguí firmar la adquisición de un "nuevo" piso, acorde a mis pretensiones. Lógicamente no me hice con un piso reformadito a estrenar, ni me quedé con miles de euros en el bolsillo para contratar a un interiorista, así que desde entonces hasta ayer me pasé los días -yo y mi cercanos- currando todas las tardes de mi jornada intensiva, con un calor de espanto para adecentar el piso en tiempo record.

Toda esa situación: vivir en casa ajena, ir del trabajo al piso en obras sin pasar por una mesa puesta, etc. ha hecho que olvide de mi condición de gordo latente y descuide con la excusa mi alimentación. No hay nada que el chocolate no cure, pero el chocolate es como el diablo y pactar con el siempre es aun alto coste. Es este tiempo he recuperado bastantes kilos. He mirado para otro lado cuando la báscula se ha acercado violentamente a cifras ya olvidadas mientras mi lagrimal se dilataba por la presión una gota en un intento furtivo por deslizarse por mi mejilla.

Esta semana mi báscula digital de impedancia y alta tecnología me advirtió, con un enorme 77,6, que he recibido como una descarga de 1000 voltios (o watios, no sé, soy de letras) en mi córtex cerebral. He podido reflexionar y, ahora que está a punto de pasar la tempestad, he vuelto a mirar a los ojos al demonio y a decirle que no me verá bajar al infierno si no es a prenderle fuego -aunque ya arda.

Se han acabado los excesos. Vuelvo a la senda correcta que va a casa de la abuelita y pienso comerme al lobo cuando llegue allí. Eso no quiere decir que no vaya a comerme un helado diario en agosto y una paella cada jueves, pero procuraré no comerme cinco helados cada cinco minutos y mi paella, más la que se deje en el plato mi mujer y la que se deje en plato mi hija, y la que deje en la olla mi madre porque ha hecho más por si alguien se ha quedado con hambre.

Llegados a este punto me gustaría que, si alguien ha sido capaz de leerse el post entero -llevaba tiempo sin escribir- y quiere escribir un comentario haga alguna referencia a su logro.