En casa de mis padres, es tradición cenar cochinillo por fin de año. Es la mejor manera de liquidar el año pues, por mal que haya ido, siempre te queda buen sabor de boca. Pero la estampa del cochinillo antes de cocinarlo, desnudito en su bandeja con su carita de buena gente, es algo que se graba en la retina sin siquiera darse uno cuenta.

Son esa imagenes recurrentes, de persistencia retiana, que vuelven a la mente cuando uno menos se lo espera y de la peor manera. Hoy he tenido que ir de urgencia a comprar algo de ropa -pese a las inminentes rebajas- porque algunas de mis prendas más queridas habían decidido que es mejor una separación dolorosa a tiempo. Ante la perspectiva de tener que ir a trabajar en chándal de táctel he hecho una escapada fugaz para adquirir un pantalón y un jersey sencillitos con los que salir del paso. Soy consciente de que estas navidades, con tanto manjar y tanto estrés, he cogido algunos kilitos. Unos pocos bastantes. Hasta 78,6 kg pesaba estaba mañana. Teniendo en cuenta que mi normopeso empieza en 71,3, pues 7,3 kg del ala que se dicen pronto. Como hombre precavido vale por dos, ya he escogido directamente una talla superior a la que llevaba en mi gran momento esbelto, pensando en que me quedara ahora un pelo justa pero me sirvieran un pelo holgada cuando recupere -que lo haré- mi peso ideal.

Todo iba bien hasta que me he quitado los pantalones y al girarme me he visto en el espejo y por un momento me ha parecido verme posado en una bandeja de corcho blanco, con una manzana en la boca. Ha sido ese momento revelador el que me ha hecho comprender que seré un tocino, con más o menos manteca, hasta el día de mi muerte, y que de mi depende ser un pata negra, un chorizo o un ibérico.

He vuelto cabizbajo tras mis pasos, con un pantalón y un jersey que delatan mis excesos, comiéndome medio kilo de mandarinas y sollozando por el negro panorama que me espera si quiero salir sonriente la próxima vez que visite unos almacenes.