Aunque últimamente no estoy muy escritor, porque no tengo mucho tiempo, ni muchas ganas, ni gran cosa que decir, no podía dejar escapar la ocasión de celebrar semejante efemérides.

200 es un número redondo y bonito como pocos, que en el caso que nos ocupa bien a señalar que todavía hay tiempo de cambiar muchas cosas y de conseguir grandes retos. Con 200 días por delante puedo llegar a donde me plantee.

Lo que me gusta de este reto es, precisamente, que es a largo plazo. Que no se trata de un sprint sino de una carrera de fondo y, aunque la mejor virtud de una maratoniano es la capacidad de mantener por largo tiempo un ritmo alto, la más destacada y la capacidad de sobreponerse a las adversidades y seguir corriendo, hasta el último aliento y hasta el último kilómetro.

Mi ritmo no está siendo el que esperaba, pero tampoco esta siendo malo, ni por debajo de los objetivos. Mi defecto es que me hago buenas planificaciones, con objetivos asumibles, pero luego me fijo unas expectativas casi épicas, que exigen un sobreesfuerzo y que en pocas ocasiones tienen la recompensa del éxito.

Para esta vez, paciencia, pasito a pasito, buena, letra y concesiones las que hagan falta.